
Instituto de los Andes - Panel: España
Por: Pola de Laviana, L. M. D.
Si la base de la dieta mediterránea eran el trigo, el aceite de oliva y el vino, en Asturias la alimentación era bien distinta: el trío de productos más importantes era el formado por el maíz, la leche y les fabes. El clima, las difíciles comunicaciones con el resto del país y el reparto de las tierras en pequeñas parcelas hizo que la alimentación en Asturias -y en algunas otras regiones, como Galicia- siguiera un curso muy distinto al del resto de España. Además, algunos platos tradicionales, como la fabada y el arroz con leche, tienen menos de un siglo de vida. La historia de la alimentación en Asturias centró la conferencia ofrecida ayer en Laviana por el historiador Xuan Fernández Bas, una charla enmarcada dentro del curso «Alimentación y ciencias sociales» de la Universidad de Oviedo.
Antes del descubrimiento de América, la base de la alimentación de los asturianos era muy reducida: mijo y panizo, principalmente. En el siglo XVIII, con la introducción de plantas procedentes del Nuevo Mundo, la alimentación dio un giro. El mijo y el panizo fueron sustituidos por el maíz, un cereal de fácil plantación, alta productividad y que se puede panificar. También llegaron les fabes, parte fundamental del pote, que se comía casi todos los días. La leche completaba la base de la pirámide alimentaria, junto con frutos de temporada, como las castañas. Eso sí, leche desnatada, porque las familias utilizaban la nata para producir mantequilla, el único producto que existía para condimentar y freír los alimentos. Este régimen, «sobrio, pobre y monótono», tal y como señaló Fernández Bas, no varió hasta finales del XIX.
La mejora de los transportes sustituyó el maíz y la boroña (pan de maíz) por el trigo y el pan blanco; empezaron a comerse garbanzos y lentejas y la producción agrícola se mercantilizó, haciéndose más variada. Con la llegada de la industria se extendió el consumo de carne y pescado, necesarios para «rendir en el trabajo».