
Mucho hay que agradecerle a los romanos que un buen día, de esos fríos del invierno, a uno de ellos se le ocurriese mezclar nieve en polvo con aromas de frutas de temporada para hacer una masa original, de diferente textura y temperatura a los alimentos que se conocían. Nacía así, y sólo para los días de nevada, un nuevo plato que la historia se ha encargado de exaltar, comercializar y perfeccionar: los helados, que, en un principio, eran eso, una bola de nieve con sabor.